Hay un vínculo que se forma antes de que puedas recordarlo y que sigue influyendo en cómo te relacionas hoy: cómo te tomas un desacuerdo, cuánto te cuesta pedir ayuda, o cómo de cómodo/a te sientes con la cercanía de otra persona. Ese vínculo es el apego, y entenderlo es una de las llaves más útiles para conocerte mejor y comprender a las personas a las que quieres.
Qué es el apego
El apego es el vínculo emocional que se forma entre un niño y su cuidador principal durante los primeros años de vida. Lo describió el psiquiatra John Bowlby, quien afirmaba que este vínculo nos acompaña «desde la cuna hasta la tumba»: la relación que vivimos de pequeños se convierte en una plantilla con la que interpretamos y construimos el resto de nuestras relaciones, incluidas las de pareja, las de amistad y las que tendremos con nuestros propios hijos.
Cómo se construye el apego seguro
El apego seguro se forma cuando el cuidador principal está disponible, es sensible a las señales del niño y responde a ellas de forma coherente. En conjunto, el niño puede confiar en que, cuando lo necesita, va a encontrar respuesta.
Se construye con la constancia general del vínculo a lo largo del tiempo, y no requiere perfección: los desencuentros del día a día y su reparación forman parte natural de cualquier relación cercana.
Los cuatro tipos de apego
La psicóloga Mary Ainsworth, a partir de un experimento con niños de entre 12 y 18 meses conocido como «la situación extraña», identificó tres patrones de apego. Años después, las investigadoras Mary Main y Judith Solomon describieron un cuarto. Estos son los cuatro:
- Apego seguro: el niño protesta cuando su cuidador se va, pero se calma con facilidad al reencontrarse, y usa esa confianza como base para explorar el mundo. Sabe que, pase lo que pase, hay alguien a quien volver.
- Apego ansioso o ambivalente: el niño se angustia mucho ante la separación y, al reencontrarse, tarda en calmarse del todo: puede buscar el contacto y, a la vez, mostrar enfado. Es una mezcla de necesitar mucho la cercanía y no tener claro si va a estar, porque la respuesta del cuidador ha sido cariñosa pero variable: a veces presente, a veces no.
- Apego evitativo: el niño muestra poca reacción visible cuando su cuidador se va o vuelve. Por dentro sí la hay, y los estudios muestran que su cuerpo reacciona con estrés. Su estrategia consiste en mostrar hacia fuera menos necesidad, porque ha aprendido que expresarla no suele traer respuesta.
- Apego desorganizado: el niño no muestra una estrategia única ante la separación: puede acercarse y alejarse a la vez, quedarse quieto o mostrar conductas contradictorias. Suele asociarse a contextos en los que la figura de apego ha sido, a la vez, fuente de consuelo y de temor.
Cada patrón es una estrategia con la que el niño se adapta a su entorno, y todos pueden evolucionar a lo largo de la vida.
El apego en la vida adulta
Décadas después de Bowlby y Ainsworth, los psicólogos Cindy Hazan y Phillip Shaver encontraron que esos mismos patrones se reflejan en las relaciones de pareja adultas. La investigación posterior describe cuatro estilos:
- Apego seguro: cómodo tanto con la cercanía como con la independencia. Comunica con claridad lo que necesita, confía en la otra persona y vive un conflicto puntual como parte natural de la relación.
- Apego ansioso: valora mucho la intimidad, la cercanía y la aprobación de la pareja, y está muy atento a las señales de distancia. Ante ellas puede angustiarse, buscar más cercanía o expresar reproches, porque necesita reconstruir cuanto antes la sensación de seguridad.
- Apego evitativo: valora mucho la independencia y se siente cómodo resolviendo las cosas por sí mismo. Le lleva más tiempo compartir lo que siente o piensa, y puede vivir la cercanía intensa como una invasión de su espacio.
- Apego evitativo temeroso (desorganizado): desea la intimidad y, a la vez, le cuesta confiar en ella, así que combina acercamientos y distancias que a veces ni la propia persona sabe explicar del todo. Se relaciona con el patrón desorganizado de la infancia.
¿Se puede cambiar el apego?
Sí, y es quizás la parte más esperanzadora de todo esto: el apego evoluciona a lo largo de la vida. Con relaciones sanas, con conciencia de los propios patrones y, muchas veces, con ayuda de terapia, es posible construir en la vida adulta la seguridad relacional que la infancia no dio de partida, lo que la investigación llama «seguridad adquirida».
Si te reconoces en un patrón ansioso o evitativo, ese reconocimiento es un punto de partida para seguir creciendo.
Preguntas frecuentes
¿Qué parte de la población tiene apego seguro? Las estimaciones sitúan a algo más de la mitad de la población adulta con un patrón de apego seguro. El resto se reparte entre los patrones ansioso, evitativo y desorganizado, en distintas proporciones según los estudios.
¿El apego seguro significa que nunca hay conflictos en la relación? Los desacuerdos forman parte de toda relación. Con apego seguro se viven de otra manera: se resuelven sin que la relación entera se sienta amenazada cada vez.
¿Puedo tener apego seguro con un cuidador y otro tipo de apego con otro? Sí, es posible desarrollar patrones distintos con distintas figuras de referencia (madre, padre, abuela), aunque suele haber una figura principal que pesa más en la plantilla general.
¿Llevar a un niño a la guardería afecta a su apego? La calidad del apego depende de la disponibilidad y la sensibilidad del cuidador principal en el conjunto de la relación. Un cuidado externo de calidad convive con ese vínculo y lo complementa.
Para seguir explorando
Este artículo forma parte del pilar de Autorregulación Emocional. Puedes continuar con:
- Desarrollo emocional en niños: qué puedes esperar en cada etapa
- Rabietas infantiles: entenderlas para acompañarlas mejor
Este contenido tiene carácter divulgativo y acompaña, no sustituye, la valoración de un profesional. Si reconoces patrones que te generan malestar en tus relaciones, un psicólogo puede ayudarte a explorarlos de cerca.